

Autores de la época romana como Estrabón, Juvenal, Tácito, pero sobre todo Flavio Josefo nos mencionan la posible llegada de los judíos a Hispania.
Por otro lado, hay algunas tradiciones recopiladas en algunas crónicas medievales, que hacen referencia a la diáspora de los judíos hacia la Península Ibérica como consecuencia de las campañas de Nabucodonosor (siglo VI a.C.). Así la crónica de Al-Rasis habla de un rey de Sevilla, Couban o Isban, que participó en el asedio de Jerusalén con Nabucodonosor, indicando que el citado rey estuvo en al-Andalus y que por entonces llegaron aquí las joyas del Templo de Jerusalén y la Mesa del Rey Salomón que los árabes encontraron aquí a su llegada. Para la crítica actual, son desarrollos legendarios, amalgamas literarias, cuyo único valor es el interés de los judíos hispánicos de la Edad Media por remontar su presencia a épocas muy antiguas.
Las fuentes arqueológicas tampoco son mucho más explícitas, pero al menos testimonian la presencia real de los judíos en Hispania.
La existencia de una serie de monedas (siglo I d. C.) de Herodes Agripa (Livia), de los "procuradores de Judea" (Mataró) y un lote de diez monedas halladas en las excavaciones de Ampurias, nos muestran la posibilidad de cierto comercio, aunque fuese indirecto, entre algunas ciudades costeras de Hispania y Palestina.
Hay que llegar al siglo II d. C. para encontrarnos con el resto arqueológico más antiguo que testimonia la presencia real de los judíos en Hispania : se trata del epígrafe funerario de Iustinus, natural de Flavia Neápolis (Samaria) que se halló en Mérida. Del siglo III d. C. son otras dos lápidas, hoy desaparecidas, halladas una, en Villamesías (Cáceres) y otra en Adra (Almería). Del siglo v d. C. es el fragmento de una lucerna decorada con una menorá de Toledo, así como la pileta trilingüe de Tarragona.
Los diversos avatares acaecidos en Palestina desde la conquista de Pompeyo (63-62 a.C.) y los problemas surgidos en la época de Tiberio, Calígula y Claudio y sobretodo los derivados de las Guerras Judaicas de Vespasiano y Adriano contribuyeron a la dispersión de judíos, además de a las zonas ya tradicionales de diáspora, como Alejandría y otros lugares del Mediterráneo Oriental, también hacia Occidente e incluso a la propia Roma.
A pesar de la falta de datos, habría que pensar que la llegada de judíos a Hispania se produce en los primeros siglos del Imperio, pero hasta época tardorromana no podemos hablar de comunidades judías asentadas en Hispania y aún entonces, no sin ciertas dificultades.
Los judíos gozarían de un "status" parecido al del resto de los ciudadanos del Imperio Romano, sobre todo a partir de la promulgación del Edicto de Caracalla, en el año 202.
Asentados sobre todo en ciudades hispanorromanas, participarían de su auge económico en los primeros siglos del Imperio y también de los problemas que afectaron a éstas y a todo el mundo romano en el siglo III d. C.. Los cambios acaecidos provocarán el languidecimiento de algunas ciudades, en favor de un proceso de ruralización en el que grandes propietarios con numerosos asalariados y esclavos, vivían en torno a las grandes "villae", conocidas a través de la arqueología. Al mismo tiemo otras ciudades como Emérita Augusta y Tarraco van a mostrar una recuperación y un crecimiento importantes en los siglos IV y V d. C.
Los judíos , de acuerdo con la nueva situación, participaron, sin duda,, en la recuperación económica de ciertas ciudades aunque otros vivirían en las "villae" trabajando para los latifundistas como asalariados, artesanos, comerciando con ellos y, por supuesto, también como esclavos. Lógicamente algún personaje judío accedería a la gran propiedad, definiéndose en consecuencia un abanico social muy amplio.
Naturalmente gozarían, desde su llegada a Hispania, de tolerancia en materia religiosa, como era normal en época romana, conviviendo con la religión oficial, las indígenas y otros cultos orientales atestiguados por la arqueología. A pesar del Edicto de Constantino en el 313 d. C., el paganismo domina el ambiente religioso y es en este marco en el que se desarrolla una competencia entre judíos y cristianos.

Tras las invasiones de los bárbaros en Hispania, asistimos a un proceso de fusión entre la antigua población hispano-romana, incluyendo las comunidades judías y los recién llegados. El punto álgido de este proceso es la creación del reino visigodo, que se constituye en el centro de gravedad del poder político y económico.
Hasta la conversión de Recaredo en el 589 d. C., los reyes visigodos pertenecían a la corriente arriana del cristianismo. Durante todo este momento de consolidación del reino y a través de las compilaciones legislativas, se deduce una continuidad respecto a la época tardorromana. Del Brevario de Alarico II no se puede deducir un trato de favor hacia los judíos, pero tampoco de antijudaísmo, ya que la comunidad judía conserva los mismos "privilegios" que en la época tardorromana (derecho a reparar sinagogas, pero sin levantar otras nuevas ; derecho a tener esclavos, aunque no cristianos ;derecho a dirimir ciertos asuntos en sus propios tribunales). Por lo tanto sin duda alguna podrían practicar su religión sin especiales dificultades.
A partir del 589, con la conversión de los godos al cristianismo, que actuará como catalizadora de la unión del reino, los judíos pasarán a convertirse en la más importante minoría confesional del reino. La Iglesia, como institución directamente preocupada por los problemas del proselitismo, pasará a atacar directamente a las otras minorías confesionales, especialmente a la judía, a través de los concilios, con el deseo de integración de estas minorías en la fe oficial. Además los diversos reyes visigodos irán paulatinamente derogando las pocas leyes favorables a la comunidad judía. Así durante los reinados de Sisebuto (612 d. C.), Rescesvinto (654 d. C.), Wamba (672 d. C.), Ergivio (680 d. C.) y Egica (687 d. C.) el endurecimiento y las medidas antisemitas son evidentes, sobre todo a partir de la promulgación de los "placita" (documentos en los que se obligaba a la conversión obligatoria o forzosa a toda una comunidad), siendo muy destacado en de Chintila y que sufrió la comunidad judía de Toledo.
Con todo durante el siglo VI y la primera parte del VII d. C., y a pesar de la legislación desfavorable, no parece que hubiese excesivos problemas para que las comunidades judías desarrollasen una vida normal. Los judíos estarían plenamente integrados en el ambiente socio-económico hispano-visigodo. A parte de su diferente religión y prácticas rituales, no se diferenciarían del resto de ciudadanos ni por su indumentaria, ni por su lengua, pues el hebreo lo utilizaban como lengua sagrada. Pese a la prohibición de matrimonios mixtos, éstos se celebraban, e incluso en los momentos más difíciles no dejaron de existir. Este panorama cambiará radicalmente de mediados a finales del siglo VII. Es durante este período cuando se puede hablar de una verdadera persecución, incluso violenta contra la comunidad judía del reino visigodo.
La situación llegó a ser tan desfavorable para dicha comunidad que la llegada de los nuevos invasores árabes venidos del oriente próximo, fue vista como una liberación por la comunidad judía.

En el año 711 tropas musulmanas mandadas por Tariq b. Ziyad atraviesan el estrecho de Gibraltar e inician una penetración en la Península que en pocos años acaba con el reino visigodo. Los judíos, tras más de un siglo de persecuciones, los reciben como libertadores y les ayudan en sus campañas. Aunque sometidos a tributos especiales (como dimmíes), gozarán de libertad religiosa y relativo bienestar.
Durante los primeros siglos de dominación musulmana se da un sensible desarrollo de las comunidades judías que se administran de manera autónoma. El emirato omeya de Córdoba (756-952) consolida el poder islámico y favorece el crecimiento de aljamas como las de Mérida y Córdoba. Con el califato de Abderramán III (912-961) se refuerza la unidad y el esplendor del estado, y Córdoba se convierte en el centro de la cultura y de las artes. Los judíos cordobeses,, junto a los que acuden de otras ciudades hispanas del Magreb y de Oriente, conocen un gran florecimiento cultural, impulsado por Abu Yusuf Hasday ben Saprut.
A comienzos del siglo XI, el califato de Córdoba se desmorona, y tras varios años de agitaciones se forman los reinos de taifas. Son estados pequeños y débiles, llenos de conflictos y rivalidades. Algunos llegan, sin embargo, a alcanzar efímera grandeza. En el reino zirí de Granada, bajo el señorío de los bereberes, llega a ocupar un alto cargo de la corte Samuel ibn Nagrela Ha-Naguid (993-1056). Lucena, Sevilla, Zaragoza, Toledo, entre otros lugares cuentan por esta época con importantes comunidades judías, en las que brillan notables escritores y hombres de ciencia, médicos y consejeros de reyes.
La presión cristiana, que llega a conquistar Toledo en 1085, hace que varios soberanos de taifas pidan ayuda al sultán almorávide Yusuf ibn Tasufin. En la última década del siglo estos nómadas saharianos, defensores intransigentes de la pureza de la religión malikí islámica, conquistan uno por uno los reinos de taifas. La situación de los judíos en el reino almorávide es particularmente delicada, y no pocos optan por escapar hacia tierras de Castilla, menos desarrolladas culturalmente. Granada, por ejemplo, quede casi vacía de judíos.
Algunos años más tarde, la decadencia moral y militar de los almorávides, las revueltas internas y los nuevos avances cristianos, facilitan la llegada de los austeros y rígidos almohades (o "unitarios") que desde el sur de Marruecos han conseguido , ya dominar el Magreb. A partir de 1147, conquistan paso a paso las ciudades andalusíes que formaban parte del reino almorávide.
Las aljamas judías sufren durante el paso de estas tropas que acaban con el esplendor de la cultura judía de al-Andalus. Entre los que se ven obligados a convertirse o a emigrar se encuentran José Qumhi, el filólogo, Judá ibn Tibbon, maestro de traductores, que se refugia en Lunel y difunde el saber de los judíos andalusíes en Europa, y Moisés Ben Maimon (Maimónides), que ejercerá como médico y filósofo en Egipto.
Los avances de los almohades se ven frenados por la derrota de las Navas de Tolosa de 1212 ; debilitados por sus luchas internas, ya no pueden hacer frente a los reyes cristianos que adelantan cada vez más sus fronteras. Fernando III se apodera de Córdoba el 1236 y de Sevilla en 1248. El rey otorga a los judíos algunos privilegios y los emplea en la administración. Así los judíos acomodados y cultos ayudan a los reyes cristianos en las tareas de colonización de territorios abandonados.
En las Siete Partidas, de su hijo Alfonso X (1252-1284) se regula la situación jurídica de los judíos y su convivencia con las comunidades cristianas. Garantizándoles una relativa libertad y tolerancia, protegiendo la sinagoga y el servicio litúrgico, asegurando el respeto al sábado y prohibiendo que se les convierta a la fuerza al cristianismo.
A finales del siglo XIV se desencadena una fuerte oleada de violencia antijudía encabezada por el arcediano de Écija, Ferrán Martínez, que pide en sus sermones la demolición de todas las sinagogas y que no se permita a los judíos residir entre los cristianos. En 1391 estalla un levantamiento contra las aljamas andaluzas y luego contra las de las dos Castillas y Aragón. Los judíos se ven forzados a bautizarse o a morir a causa de su religión. Las sinagogas se convierten en iglesias, y los barrios judíos se repueblan con cristianos.
A lo largo del siglo XV algunas comunidades como las de Córdoba y Sevilla se reponen lentamente de las calamidades sufridas, sin volver alcanzar el número ni el esplendor del pasado. Por otro lado la convivencia de los conversos y los cristianos viejos no esta exenta de problemas. En 1481 se instaura en Castilla el Tribunal de la Santa Inquisición , y en 1483 se dicta decreto de expulsión contra los judíos andalusíes.
En medio de las diversas persecuciones, no pocos judíos buscan refugio en el reino nazarí de Granada, que logra mantenerse hasta 1492. La política tolerante de estos reyes musulmanes ofrece asilo a los judíos que huyen de los reinos cristianos. El último rey de Granada, antes de capitular ante los Reyes Católicos, pide para los judíos el mismo trato que para los otros grupos : autonomía judicial, libertad para practicar su religión y también para emigrar, aunque ninguna de estas peticiones fue atendida. Poco después de la toma de Granada, el edicto de expulsión de 1492 termina con los restos de la vida judía en esta región.

Tras los avances de la Reconquista y la irrupción de los almorávides y almohádes a finales del siglo XI y comienzos del XII, una gran parte de los judíos pasan a ser súbditos de los reinos cristianos gozando de un estatus jurídico especial al ser considerados propiedad personal del monarca. El rey contará con su colaboración en la repoblación de los territorios conquistados, con su ayuda en las tareas administrativas, y por sus conocimientos científicos y conocedores del árabe, ocuparán cargos públicos destacados, como el de Tesorero de los Reyes de Castilla y Aragón, así como el de intérpretes y traductores. En el ámbito privado fueron buenos médicos y consejeros de reyes.
A mediados del siglo XIII, toda la Península a excepción del reino nazarí de Granada, es ya cristiana. Ésta es la mejor época para los judíos en los reinos de Castilla y Aragón, coincidiendo con los reinados de Alfonso X y Jaime I.Una de las más florecientes comunidades judías de este período es la de Toledo, allí viven los grandes rabinos, los literatos, financieros y hombres de estado como los Ben-Susán y los Ben-Sadoc. En esta época se localizan más de medio millar de juderías y aljamas en todo el territorio peninsular, destacando juderías como la de Burgos, Cuenca, León o Palencia ,pero sobre todo la de Toledo, en Castilla; o, las de Tudela o Gerona el la corona aragonesa.
Desde finales del siglo XIII hasta 1492, la coexistencia legal y la convivencia entre judíos y cristisnos, que había sido buena hasta entonces, comienza a resquebrajarse y a deteriorarse progresivamente. En 1391 las predicaciones del arcediacono de Sevilla Ferrán Martínez contra los judíos originaron el asalto y destrucción de numerosas juderías peninsulares. Como la sufrida por la judería toledana que perdió la mayor parte de sus sinagogas. También las predicaciones ralizadas por Vicente Ferrer en 1413-14 generaron conversiones masivas a la fe católica y la desaparición o languidecimiento de muchas juderías, hasta que finalmente en el año 1492 los Reyes Católicos firman el decreto de expulsión de los judíos de sus reinos. La mayoría de los expulsados se fueron a Portugal y de allí pasaron al Norte de Africa. Otros marcharon a Italia, Francia y Holanda, extendiéndose durante el siglo XVI por ambas orillas del Mediterráneo y estableciéndose muchos de ellos en el imperio otomano.
Las instituciones judías medievales que podemos encontar en las principales comunidadas judías en España eran:
Rab mayor o rab de la Corte, era un cargo que el rey otorgaba. Tomaba las últimas decisiones en materia de impuestos, multas o castigos que los miembros del tribunal de una comunidad no podían resolver por sí misma.
Juez mayor, era elegido por la comunidad de la que recibía un salario fijo. Frecuentemente ejercía un oficio como zapatero, sastre...Cuando eran comunidades muy pequeñas el Rab ejercía también de cantor o escriba.
Sabio y discípulo de sabio, estaban encargados de enseñar Hlaká y Torá. La comunidad les pagaba un impuesto oficial llamado Talmud Torá.
Maestro o monitor, enseñaba a los niños la cultura y creencias hebreas por esta labor recibía de los padres un estipendio. si este sueldo no les permitía vivir dignamente se les aumentaba con lo que se recogía de multas, circuncisiones, bodas y muertes.
Carnicero, era el matarife de la comunidad, él debía sacrificar las reses que la comunidad consumía. Este sacrificio se realizaba siguiendo determinadas prescripciones talmúdicas.
Juez, su elección la realizaba una asamblea reunida especialmente para el caso. Se elegían tres jueces y su cargo duraba un año, al finalizar éste generalmente eran reelegidos por dos años más.
Prescindiendo de los enfrentamientos por motivos religiosos agravados en ciertas épocas y la desconfianza mútua, eran frecuentes las relaciones amistosas entre judíos y cristianos y musulmanes. Visitas en sus repectivas fiestas y celebaciones, intereses por su liturgia y costumbres, además del trato contínuo en materia económica, mercantil y comercial era la tónica dominante en las relaciones entre cristianos y judíos. En núcleos de población pequeña o en señoríos, a las bodas de los judíos o musulmanes, por ejemplo solían acudir los cristianos; lo mismo ocurria con ocasión de la muerte o el nacimiento en alguna de estas comunidades.
Sólo en épocas de conflicto las realciones se deterioraron hasta el extremo de la agresión física contra las comunidades minoritarias, como ocurrió en los reinos cristianos en 1391. Salvo estos brotes exporádicos de violencia las distintas comunidades mantuvieron unas relaciones normales para la época respetando las singularidades que con el tiempo les fueron distanciando hasta llegar al momento de la expulsión en 1492.